Muestra de cuentos y relatos (autoría propia).
Cobarde
Durante toda su vida fue un perfecto pusilánime, de modo que atormentado por su falta de valor para enfrentarse al mundo y lleno de desesperanza, decidió arrojarse desde un acantilado. A punto ya de caer sobre las rocas, no obstante, lo embargó la peor sensación que hubiera conocido jamás: la lengua se le soldó al paladar, el pecho se le comprimió hasta casi aplastarle el corazón y su cuerpo quedó completamente paralizado de terror.
Así permaneció varias semanas, suspendido a unos segundos de estrellarse contra el suelo, hasta que finalmente murió de inanición.
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(El desamparado)
Todas las noches José enciende la ventana y se sienta al borde de una espera infinita. Los transeúntes vagan, miles de ojos escarbando la voluptuosidad al golpe de un instante donde entretenerse y está seguro de que algunos lo miran al pasar, aunque nadie se detiene. Intuye el desborde de esos callejones: risas y complicidades, luchas de poder y socarronerías, como si a todos les perteneciera el mundo.
Frente al escritorio, la ansiedad se agita punto a punto en la irredención del reloj y los sueños que fueron se disipan en volutas de una muerte día a día, entre tantos nombres que nunca supieron permanecer en aquella palabra. Ya no entiende lo que busca, ni por qué insiste en el parpadear de luces a las que no les interesa saber nada de él.
Hoy la sombra furtiva de un gato lo examina desde el tejado contrario. Dos faroles misteriosos contemplando el relato de su agobio, la desnudez tan frágil de sus sensaciones atravesando la ventana, hacia el horizonte de la indiferencia en la que se desahucia. Y ahora por fin se nota observado, otra vez formando parte de la vida.
Los tenues maullidos acortan la distancia y la sangre postergada cobra pulso, despetrificando el movimiento. El diálogo se hace en una sucesión de imágenes, la imaginación de hallarse en compañía y vivir momentos que nunca han sido, compartirse, cerrar los ojos sobre otra piel y descansar. Apenas unos minutos para desterrar tanta soledad.
La precaria conexión de ojos finalmente alcanza el clímax y se rompe en el desfallecimiento de la realidad. El gato lo observa todavía un poco más... es tan compleja el ánima del hombre, el enigma de su insoportable hastío, los flashes que componen el endeble estado de la felicidad.
Los tenues maullidos acortan la distancia y la sangre postergada cobra pulso, despetrificando el movimiento. El diálogo se hace en una sucesión de imágenes, la imaginación de hallarse en compañía y vivir momentos que nunca han sido, compartirse, cerrar los ojos sobre otra piel y descansar. Apenas unos minutos para desterrar tanta soledad.
La precaria conexión de ojos finalmente alcanza el clímax y se rompe en el desfallecimiento de la realidad. El gato lo observa todavía un poco más... es tan compleja el ánima del hombre, el enigma de su insoportable hastío, los flashes que componen el endeble estado de la felicidad.
La luz se apaga enmudeciendo de un zarpazo la triste figura, tras los pasos felinos que se alejan. Pero a José el abismo no deja de crecerle adentro, aún más, al otro lado de la ventana.
Los manuscritos robados
Tras regresar de su viaje por Europa Oriental, el impresionable carácter de Mariano Agreda inició un acelerado declive hacia el aislamiento y la desolación. Tampoco era de extrañar que un ánimo sensible como el suyo se viera turbado después de recorrer aquella cultura que, a pesar de pertenecerle en cierto modo, a la vez le resultaba tan indescifrable: poco o nada pudo transmitirle su madre acerca de su abuelo, quien inmigró al país alrededor de 1870, sin mayor patrimonio que un gran tesón para el trabajo y una personalidad ensimismada, o acaso en exceso recelosa.
Ni el apellido, ni el idioma, y ni siquiera un vago recuerdo de ese antecesor ignoto al que nunca vio, formaron parte de su vida; pero cuando un amigo de su padre, conocedor de su pasión por la literatura, le trajo desde Inglaterra un ejemplar de la novela “Drácula” de Abraham Stocker (publicada apenas unos años antes), emergió en él cierta ávida fascinación hacia la misteriosa Transilvania, haciéndose preso de una curiosa obsesión por conocer sus raíces rumanas.
Por entonces su madre había fallecido prematuramente, al igual que el resto de su línea familiar. Contaba con su padre, quien le ofreció costear el viaje, a cambio de que se demorara un par de semanas en Alemania para visitar a sus clientes y firmar nuevos contratos, esperando que a su regreso comenzara a trabajar con él en el negocio de la exportación de lana. Luego, no sin mordacidad, aprovechó la oportunidad de mencionarle que únicamente la buena fortuna del comercio podía pagar un viaje así y que ya era momento de que desechara sus ilusiones pueriles de abrirse camino como escritor, pretensión que por su parte tampoco estaba dispuesto a socorrer.
Mediaba el otoño de 1912. En las últimas décadas, las exportaciones de Argentina hacia el extranjero —principalmente a países europeos—, la propulsaban en la empinada pendiente del progreso, y los grandes transatlánticos salvaban distancias impensables en pocos días. Mariano arribó a Hamburgo y atendió en primer lugar a las encomiendas de su padre, continuando luego su camino en ferrocarril hacia el Imperio Austrohúngaro.
Al llegar a Transilvania, contrató la guía de un traductor alemán-rumano, por ser el alemán un idioma que conocía de manera aceptable y que también era usado en la región, donde confluían las poblaciones rumana, húngara y alemana. Esto le aseguró no solo la posibilidad de desenvolverse con mayor comodidad, sino que también le permitió ahondar en las costumbres y la historia del pueblo de su abuelo. Para su decepción, al menos desde el punto de vista del imaginario romántico, supo que el personaje real en el que se inspiró la novela no había vivido en Transilvania, sino en el antiguo Principado de Valaquia —un estado fronterizo situado al Sur—; no obstante, de todos modos se instaló en la ciudad medieval de Brasov y visitó los alrededores del Castillo de Bran, que con el tiempo pasaría a ser identificado (inexactamente) como hogar del vampiro en el ideario turístico y popular. Tampoco la verdadera historia de Vlad III Drăculea, mejor conocido como Vlad Tepes (el Empalador), dejó lugar a esa suerte de ensoñación casi poética que condimentaba el horror suscitado por el Conde Drácula. Si bien el mismo era considerado héroe nacional por librar a su reino de la dominación húngara y otomana, la crueldad de sus métodos infringidos por igual contra hombres, mujeres y niños le despertó una violenta repulsión, después de lo cual optó por desechar cualquier otro deseo de explorar sobre el tema.
La contemplación del Monte Tampa y el recorrido de sus asombrosos parajes, en cambio, lo envolvieron en una sensación extraña y feliz. Allí la naturaleza se ofrecía desnuda y salvaje, pura e indómita, como una virgen capaz de saciar todo el deseo de un hombre con su sola imagen. Una tarde, bajo el sosiego de un olmo, se quedó dormido por unos minutos y soñó con su madre.
—¡Hijo mío, pequeño mío! ¿Por qué viniste? —le decía llorando, mientras lo atolondraba a besos y lo abrazaba con desesperación, como si tratara de arrancarlo de la vida para llevarlo con ella. La acompañaba un hombre al que no había visto antes, severo a la vez que protector, en quien estuvo seguro de reconocer a su abuelo aunque no sabía explicarse por qué, en tanto que él mismo era como un niño de siete años, muy asustado, al igual que cuando ella murió.
La sensación de realidad entremezclada a la angustia le hizo despertar alarmado, pero todavía unos segundos antes de recobrar la consciencia total oyó que le advertían con claridad, no en su mente, sino al oído:
—La Strigoi Viu te está acechando. Hazle caso a tu padre.
Apenas abrió los ojos, se levantó de un salto y miró a su alrededor tratando de descubrir a la mujer de la cual había escapado aquella voz tangible. A lo lejos una pareja caminaba de la mano y no había nadie a su lado; solo el viento enredaba con torpeza las ramas de los árboles y las agitaba suavemente sobre su cabeza, disipando el primer sobresalto. Permaneció aún un rato más, repasando con nostalgia la última imagen de su madre, soslayado en ese sentimiento de ternura que hacía mucho no le prodigaban. Pero quince largos años se interponían entre él y sus memorias: era inútil, ya casi no podía recordarla.
Durante el resto del día no volvió a pensar más en el sueño. Al ocaso, se reunió a cenar con el guía en una taberna del centro de la cual se habían hecho visitantes habituales. Hugo le sentaba cátedra sobre la política local y las recurrentes tensiones históricas entre húngaros, sajones y rumanos, cuando Mariano desvió repentinamente la conversación.
—¿Tienes idea de si existe algo llamado Strigoi Viu?
—¿Strigoi Viu? —repitió Hugo, sorprendido por el giro de la pregunta—. Por supuesto. Cualquiera en Transilvania puede decirte lo que es un Strigoi. ¿Dónde lo oíste?
Sin omitir detalle, el joven le relato su experiencia de la víspera, refiriéndole asimismo su extrañeza no tanto por el sueño como por la última frase, que repercutió a su alrededor con contundente fuerza material. Hugo lo escuchó con atención.
—Los Strigoi —añadió una vez que su compañero terminó el relato—, son espíritus malignos a los que se atribuyen toda clase de poderes para causar daño entre los seres humanos. Si el alma de alguien fallecido, por razones especiales, no consigue descanso, entonces regresa a atormentar a sus allegados y vecinos ocasionándoles terribles enfermedades o pérdidas materiales: esos vendrían a ser los Strigoi Mort, o no-muertos. Una Strigoi Viu, que es la palabra que dices haber escuchado, sería una hechicera demoníaca que aún está viva. En cualquier caso, a ambos tipos de Strigoi se les considera vampíricos, porque se alimentan de la esencia vital de los vivos, de su sangre, su energía… ¡o hasta de su fortuna!
Mariano lo miró con estupefacción, dudando si le estaría jugando una broma, y su expresión era tan lamentable que Hugo soltó una carcajada y se apresuró a decirle:
—¡Espero que entiendas que solo son creencias populares! ¡Nada más que folclore, amigo mío!
Su desenfado lo hizo reír también y se dio cuenta de que hasta ese instante había paralizado la respiración; una cosa era sumergirse en una historia de horror desde la conveniente distancia de un libro, y otra muy distinta participar de ella.
—Lo que no entiendo es cómo pudieron esas palabras, que nunca antes había escuchado, llegar a mí con tanta precisión…
—¡Vamos, Mariano! Es obvio que debes haberlas oído sin reparar en ellas o tal vez las leíste en algún lado, tú que tanto amas leer, y se habrán colado engañosamente en ese estado tan confuso del duermevela. Si lo piensas bien, todo tu sueño puede interpretarse bajo la luz moral de la consciencia y la culpa: ¡El mandato familiar y social en contra del derecho individual! ¿Acaso no me contabas en estos días sobre las confrontaciones con tu padre por tu futuro? Que prácticamente te coaccionó para que tomes su antorcha y comiences a encargarte de la empresa familiar. ¿Y cuáles fueron las palabras de tu madre?... Primero te presagia la asechanza de indescifrables desgracias y luego te remata con una imponente advertencia: ¡Hazle caso a tu padre! ¿Pero qué madre, tradicionalmente, no le dice eso a su hijo?
—¡Tienes absolutamente toda la razón! —respondió Mariano y levantó el trago de palincă invitando a su amigo a brindar, con una enorme sonrisa de reivindicación—. ¡Por la luz de la lógica que aparta las sombras de lo irracional! ¡Salud!
—¡Salud! —le siguió Hugo y repicaron los vasos, tras lo cual continuó—: Por supuesto, nosotros somos hijos del siglo industrial y estamos destinados a ver el mundo con una nueva mirada, que es la de una ciencia objetiva, despojada de las supercherías que tanto dolor le han ocasionado a la humanidad… Por causa de esas creencias torpes, insustanciales, muchas personas fueron torturadas y sentenciadas a los brazos del fuego y a muchas otras cosas horribles, acusadas de maleficios que solo existieron en las mentes empobrecidas del vulgo y en las astutas garras del poder.
Al decir esto último, Hugo se dio cuenta de que los miraban desde las mesas contiguas y bajó la voz. A pesar de que su optimismo dialéctico lo llevaba a vislumbrar una sociedad futura al fin liberada de los razonamientos medievales, esa cultura popular que tan abiertamente despreciaba se tomaba muy en serio el tema de los Strigoi y el imperio de las fuerzas ocultas en la naturaleza. Tampoco eran ajenos, ni se hallaban desterrados a épocas pasadas, los complejos ritos con que se cumplían los entierros, a objeto de evitar que el alma de los muertos amados se transformara en un espectro semiviviente, atrapado entre el terror de los vivos y los malignos impulsos del inframundo.
Cambió de tema con sutileza y al poco rato, cuando sintió que el palincă ya comenzaba a enredarle la lengua tanto como las ideas, le hizo una seña a la moza para que trajera la cuenta. Esta se acercó con incomodidad y le cobró de mala gana, ofendida, al igual que los vecinos de mesa que alcanzaron a escuchar su disertación sobre las “mentes empobrecidas del vulgo”.
—¡Vamos! —le ordenó a Mariano, que no estaba acostumbrado a las trampas de las bebidas dulces, ayudándolo a incorporarse—. Me parece que cada vez me quedan menos tabernas donde me den la bienvenida en mi país.
Se marcharon sin prisa. Al recorrer unos metros, Mariano se dio cuenta de que había olvidado uno de sus guantes y se devolvió a buscarlo. En cuanto la moza lo vio entrar de nuevo, se acercó hasta él.
—Váyase… —le dijo, con voz conciliadora—.
—Le ruego que nos disculpe por favor. No quisimos ofenderla.
—No… Váyase de la ciudad —insistió ella, y agregó casi susurrando—: Hay una mujer con usted, alguien que lo acompaña aunque no se de cuenta. La percibo alterada… es su mamá… Está muy triste.
Sintió que los vapores del aguardiente se disipaban de un golpe. Estaba seguro de que nadie había podido escuchar el relato de su sueño, porque a diferencia del entusiasmo altisonante con que se manejaba su compañero, él era muy discreto y en todo caso, hablaba con excesivo recato.
—¿Pero cómo sabe que…?
—No puedo decirle más nada ahora —le interrumpió la muchacha, percatándose de que otros clientes la requerían—. Si quiere regrese mañana a las dos en punto, que tengo unos minutos de descanso.
—Gracias. Vendré a verla.
Tomo su guante y salió a la calle, nuevamente consternado. No quiso contarle nada a Hugo, porque sabía que su artillería de argumentos lo haría desistir de regresar al otro día. ¿Y si por un instante, al menos, hubiera la posibilidad de establecer un contacto fugaz con su madre? Si encontrara el más mínimo indicio de que ella todavía existía cerca de él en algún nivel de su frágil realidad espiritual, entonces sería capaz de ceder un palmo sobre su escepticismo. No es que fuera creyente de ese tipo de cosas; tampoco adolecía de ingenuidad, ni carecía de cautela. Era, como bien había definido su guía, un hijo de su siglo y le pertenecía a la lógica del método, al rigor incuestionable de las máquinas y de sus engranajes exactos. Pero se sentía demasiado solo. Su desamparo prevalecía por encima de su razón y sobre ese hecho, simple y crudo, no admitía ningún reproche.
[...]
Cuento inédito. Fragmento.
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