Muestra de cuentos y relatos (autoría propia).




Cobarde 


    Durante toda su vida fue un perfecto pusilánime, de modo que atormentado por su falta de valor para enfrentarse al mundo y lleno de desesperanza, decidió arrojarse desde un acantilado. A punto ya de caer sobre las rocas, no obstante, lo embargó la peor sensación que hubiera conocido jamás: la lengua se le soldó al paladar, el pecho se le comprimió hasta casi aplastarle el corazón y su cuerpo quedó completamente paralizado de terror. 

   Así permaneció varias semanas, suspendido a unos segundos de estrellarse contra el suelo, hasta que finalmente murió de inanición.    





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(El desamparado)


  Todas las noches José enciende la ventana y se sienta al borde de una espera infinita. Los transeúntes vagan, miles de ojos escarbando la voluptuosidad al golpe de un instante donde entretenerse y está seguro de que algunos lo miran al pasar, aunque nadie se detiene. Intuye el desborde de esos callejones: risas y complicidades, luchas de poder y socarronerías, como si a todos les perteneciera el mundo. 
  Frente al escritorio, la ansiedad se agita punto a punto en la irredención del reloj y los sueños que fueron se disipan en volutas de una muerte día a día, entre tantos nombres que nunca supieron permanecer en aquella palabra. Ya no entiende lo que busca, ni por qué insiste en el parpadear de luces a las que no les interesa saber nada de él. 

  Hoy la sombra furtiva de un gato lo examina desde el tejado contrario. Dos faroles misteriosos contemplando el relato de su agobio, la desnudez tan frágil de sus sensaciones atravesando la ventana, hacia el horizonte de la indiferencia en la que se desahucia. Y ahora por fin se nota observado, otra vez formando parte de la vida. 
  Los tenues maullidos acortan la distancia y la sangre postergada cobra pulso, despetrificando el movimiento. El diálogo se hace en una sucesión de imágenes, la imaginación de hallarse en compañía y vivir momentos que nunca han sido, compartirse, cerrar los ojos sobre otra piel y descansar. Apenas unos minutos para desterrar tanta soledad. 
  La precaria conexión de ojos finalmente alcanza el clímax y se rompe en el desfallecimiento de la realidad. El gato lo observa todavía un poco más... es tan compleja el ánima del hombre, el enigma de su insoportable hastío, los flashes que componen el endeble estado de la felicidad.
   
  La luz se apaga enmudeciendo de un zarpazo la triste figura, tras los pasos felinos que se alejan. Pero a José el abismo no deja de crecerle adentro, aún más, al otro lado de la ventana. 





Los manuscritos robados


Tras regresar de su viaje por Europa Oriental, el impresionable carácter de Mariano Agreda inició un acelerado declive hacia el aislamiento y la desolación. Tampoco era de extrañar que un ánimo sensible como el suyo se viera turbado después de recorrer aquella cultura que, a pesar de pertenecerle en cierto modo, a la vez le resultaba tan indescifrable: poco o nada pudo transmitirle su madre acerca de su abuelo, quien inmigró al país alrededor de 1870, sin mayor patrimonio que un gran tesón para el trabajo y una personalidad ensimismada, o acaso en exceso recelosa.

Ni el apellido, ni el idioma, y ni siquiera un vago recuerdo de ese antecesor ignoto al que nunca vio, formaron parte de su vida; pero cuando un amigo de su padre, conocedor de su pasión por la literatura, le trajo desde Inglaterra un ejemplar de la novela “Drácula” de Abraham Stocker (publicada apenas unos años antes), emergió en él cierta ávida fascinación hacia la misteriosa Transilvania, haciéndose preso de una curiosa obsesión por conocer sus raíces rumanas.

Por entonces su madre había fallecido prematuramente, al igual que el resto de su línea familiar. Contaba con su padre, quien le ofreció costear el viaje, a cambio de que se demorara un par de semanas en Alemania para visitar a sus clientes y firmar nuevos contratos, esperando que a su regreso comenzara a trabajar con él en el negocio de la exportación de lana. Luego, no sin mordacidad, aprovechó la oportunidad de mencionarle que únicamente la buena fortuna del comercio podía pagar un viaje así y que ya era momento de que desechara sus ilusiones pueriles de abrirse camino como escritor, pretensión que por su parte tampoco estaba dispuesto a socorrer.

Mediaba el otoño de 1912. En las últimas décadas, las exportaciones de Argentina hacia el extranjero —principalmente a países europeos—, la propulsaban en la empinada pendiente del progreso, y los grandes transatlánticos salvaban distancias impensables en pocos días. Mariano arribó a Hamburgo y atendió en primer lugar a las encomiendas de su padre, continuando luego su camino en ferrocarril hacia el Imperio Austrohúngaro.

Al llegar a Transilvania, contrató la guía de un traductor alemán-rumano, por ser el alemán un idioma que conocía de manera aceptable y que también era usado en la región, donde confluían las poblaciones rumana, húngara y alemana. Esto le aseguró no solo la posibilidad de desenvolverse con mayor comodidad, sino que también le permitió ahondar en las costumbres y la historia del pueblo de su abuelo. Para su decepción, al menos desde el punto de vista del imaginario romántico, supo que el personaje real en el que se inspiró la novela no había vivido en Transilvania, sino en el antiguo Principado de Valaquia —un estado fronterizo situado al Sur—; no obstante, de todos modos se instaló en la ciudad medieval de Brasov y visitó los alrededores del Castillo de Bran, que con el tiempo pasaría a ser identificado (inexactamente) como hogar del vampiro en el ideario turístico y popular. Tampoco la verdadera historia de Vlad III Drăculea, mejor conocido como Vlad Tepes (el Empalador), dejó lugar a esa suerte de ensoñación casi poética que condimentaba el horror suscitado por el Conde Drácula. Si bien el mismo era considerado héroe nacional por librar a su reino de la dominación húngara y otomana, la crueldad de sus métodos infringidos por igual contra hombres, mujeres y niños le despertó una violenta repulsión, después de lo cual optó por desechar cualquier otro deseo de explorar sobre el tema. 

La contemplación del Monte Tampa y el recorrido de sus asombrosos parajes, en cambio, lo envolvieron en una sensación extraña y feliz. Allí la naturaleza se ofrecía desnuda y salvaje, pura e indómita, como una virgen capaz de saciar todo el deseo de un hombre con su sola imagen. Una tarde, bajo el sosiego de un olmo, se quedó dormido por unos minutos y soñó con su madre.

—¡Hijo mío, pequeño mío! ¿Por qué viniste? —le decía llorando, mientras lo atolondraba a besos y lo abrazaba con desesperación, como si tratara de arrancarlo de la vida para llevarlo con ella. La acompañaba un hombre al que no había visto antes, severo a la vez que protector, en quien estuvo seguro de reconocer a su abuelo aunque no sabía explicarse por qué, en tanto que él mismo era como un niño de siete años, muy asustado, al igual que cuando ella murió.

La sensación de realidad entremezclada a la angustia le hizo despertar alarmado, pero todavía unos segundos antes de recobrar la consciencia total oyó que le advertían con claridad, no en su mente, sino al oído:

—La Strigoi Viu te está acechando. Hazle caso a tu padre.  

Apenas abrió los ojos, se levantó de un salto y miró a su alrededor tratando de descubrir a la mujer de la cual había escapado aquella voz tangible. A lo lejos una pareja caminaba de la mano y no había nadie a su lado; solo el viento enredaba con torpeza las ramas de los árboles y las agitaba suavemente sobre su cabeza, disipando el primer sobresalto. Permaneció aún un rato más, repasando con nostalgia la última imagen de su madre, soslayado en ese sentimiento de ternura que hacía mucho no le prodigaban. Pero quince largos años se interponían entre él y sus memorias: era inútil, ya casi no podía recordarla.

Durante el resto del día no volvió a pensar más en el sueño. Al ocaso, se reunió a cenar con el guía en una taberna del centro de la cual se habían hecho visitantes habituales. Hugo le sentaba cátedra sobre la política local y las recurrentes tensiones históricas entre húngaros, sajones y rumanos, cuando Mariano desvió repentinamente la conversación.

—¿Tienes idea de si existe algo llamado Strigoi Viu?

—¿Strigoi Viu? —repitió Hugo, sorprendido por el giro de la pregunta—. Por supuesto. Cualquiera en Transilvania puede decirte lo que es un Strigoi. ¿Dónde lo oíste?

Sin omitir detalle, el joven le relato su experiencia de la víspera, refiriéndole asimismo su extrañeza no tanto por el sueño como por la última frase, que repercutió a su alrededor con contundente fuerza material. Hugo lo escuchó con atención.

—Los Strigoi —añadió una vez que su compañero terminó el relato—, son espíritus malignos a los que se atribuyen toda clase de poderes para causar daño entre los seres humanos. Si el alma de alguien fallecido, por razones especiales, no consigue descanso, entonces regresa a atormentar a sus allegados y vecinos ocasionándoles terribles enfermedades o pérdidas materiales: esos vendrían a ser los Strigoi Mort, o no-muertos. Una Strigoi Viu, que es la palabra que dices haber escuchado, sería una hechicera demoníaca que aún está viva. En cualquier caso, a ambos tipos de Strigoi se les considera vampíricos, porque se alimentan de la esencia vital de los vivos, de su sangre, su energía… ¡o hasta de su fortuna!

Mariano lo miró con estupefacción, dudando si le estaría jugando una broma, y su expresión era tan lamentable que Hugo soltó una carcajada y se apresuró a decirle:

—¡Espero que entiendas que solo son creencias populares! ¡Nada más que folclore, amigo mío!

Su desenfado lo hizo reír también y se dio cuenta de que hasta ese instante había paralizado la respiración; una cosa era sumergirse en una historia de horror desde la conveniente distancia de un libro, y otra muy distinta participar de ella.

—Lo que no entiendo es cómo pudieron esas palabras, que nunca antes había escuchado, llegar a mí con tanta precisión…

—¡Vamos, Mariano! Es obvio que debes haberlas oído sin reparar en ellas o tal vez las leíste en algún lado, tú que tanto amas leer, y se habrán colado engañosamente en ese estado tan confuso del duermevela. Si lo piensas bien, todo tu sueño puede interpretarse bajo la luz moral de la consciencia y la culpa: ¡El mandato familiar y social en contra del derecho individual! ¿Acaso no me contabas en estos días sobre las confrontaciones con tu padre por tu futuro? Que prácticamente te coaccionó para que tomes su antorcha y comiences a encargarte de la empresa familiar. ¿Y cuáles fueron las palabras de tu madre?... Primero te presagia la asechanza de indescifrables desgracias y luego te remata con una imponente advertencia: ¡Hazle caso a tu padre! ¿Pero qué madre, tradicionalmente, no le dice eso a su hijo?

—¡Tienes absolutamente toda la razón! —respondió Mariano y levantó el trago de palincă invitando a su amigo a brindar, con una enorme sonrisa de reivindicación—. ¡Por la luz de la lógica que aparta las sombras de lo irracional! ¡Salud!

—¡Salud! —le siguió Hugo y repicaron los vasos, tras lo cual continuó—: Por supuesto, nosotros somos hijos del siglo industrial y estamos destinados a ver el mundo con una nueva mirada, que es la de una ciencia objetiva, despojada de las supercherías que tanto dolor le han ocasionado a la humanidad… Por causa de esas creencias torpes, insustanciales, muchas personas fueron torturadas y sentenciadas a los brazos del fuego y a muchas otras cosas horribles, acusadas de maleficios que solo existieron en las mentes empobrecidas del vulgo y en las astutas garras del poder.

Al decir esto último, Hugo se dio cuenta de que los miraban desde las mesas contiguas y bajó la voz. A pesar de que su optimismo dialéctico lo llevaba a vislumbrar una sociedad futura al fin liberada de los razonamientos medievales, esa cultura popular que tan abiertamente despreciaba se tomaba muy en serio el tema de los Strigoi y el imperio de las fuerzas ocultas en la naturaleza. Tampoco eran ajenos, ni se hallaban desterrados a épocas pasadas, los complejos ritos con que se cumplían los entierros, a objeto de evitar que el alma de los muertos amados se transformara en un espectro semiviviente, atrapado entre el terror de los vivos y los malignos impulsos del inframundo.

Cambió de tema con sutileza y al poco rato, cuando sintió que el palincă ya comenzaba a enredarle la lengua tanto como las ideas, le hizo una seña a la moza para que trajera la cuenta. Esta se acercó con incomodidad y le cobró de mala gana, ofendida, al igual que los vecinos de mesa que alcanzaron a escuchar su disertación sobre las “mentes empobrecidas del vulgo”.

—¡Vamos! —le ordenó a Mariano, que no estaba acostumbrado a las trampas de las  bebidas dulces, ayudándolo a incorporarse—. Me parece que cada vez me quedan menos tabernas donde me den la bienvenida en mi país.

Se marcharon sin prisa. Al recorrer unos metros, Mariano se dio cuenta de que había olvidado uno de sus guantes y se devolvió a buscarlo. En cuanto la moza lo vio entrar de nuevo, se acercó hasta él.

—Váyase… —le dijo, con voz conciliadora—.

—Le ruego que nos disculpe por favor. No quisimos ofenderla.

—No… Váyase de la ciudad —insistió ella, y agregó casi susurrando—: Hay una mujer con usted, alguien que lo acompaña aunque no se de cuenta. La percibo alterada… es su mamá… Está muy triste.

Sintió que los vapores del aguardiente se disipaban de un golpe. Estaba seguro de que nadie había podido escuchar el relato de su sueño, porque a diferencia del entusiasmo altisonante con que se manejaba su compañero, él era muy discreto y en todo caso, hablaba con excesivo recato.

—¿Pero cómo sabe que…?

—No puedo decirle más nada ahora —le interrumpió la muchacha, percatándose de que otros clientes la requerían—. Si quiere regrese mañana a las dos en punto, que tengo unos minutos de descanso.

—Gracias. Vendré a verla.

Tomo su guante y salió a la calle, nuevamente consternado. No quiso contarle nada a Hugo, porque sabía que su artillería de argumentos lo haría desistir de regresar al otro día. ¿Y si por un instante, al menos, hubiera la posibilidad de establecer un contacto fugaz con su madre? Si encontrara el más mínimo indicio de que ella todavía existía cerca de él en algún nivel de su frágil realidad espiritual, entonces sería capaz de ceder un palmo sobre su escepticismo. No es que fuera creyente de ese tipo de cosas; tampoco adolecía de ingenuidad, ni carecía de cautela. Era, como bien había definido su guía, un hijo de su siglo y le pertenecía a la lógica del método, al rigor incuestionable de las máquinas y de sus engranajes exactos. Pero se sentía demasiado solo. Su desamparo prevalecía por encima de su razón y sobre ese hecho, simple y crudo, no admitía ningún reproche.

[...]


Cuento inédito. Fragmento.







Se prohíbe la reproducción parcial o total de este material sin la autorización expresa de la autora.  




Muestra de obra poética (autoría propia).



Versos errantes


I


Nace la noche y en la angosta soledad
una luna me crece dentro del pecho.
El observatorio del lecho pronostica
que hoy habrá eclipse de alma.

II


He rodado de ti cielo
tantas veces,
que me urge el secreto 
de flotar como la estrella.

III


Solo el silencio.
Sé que a lo lejos,
sin embargo,
algún arbusto flora.

IV


No es la esperanza, sino el asombro
lo que me demora.
Zarpo a la vida cada día 
con una nueva mirada.




Desahucio


Lo que se toma, lo que se deja
un horizonte que era el eje de la Tierra
en su vértigo iniciaba la sonrisa
y ahora,
al tiempo del destiempo,
viento mudo que borra las huellas de la aurora.
La noche es un cristal quebrado
ajando el pie desnudo del camino,
con el libro impreciso en donde ahoga
el polvo del destino
y los sueños trajinados de los hombres,
y sus ruegos abriendo la ventana
a ver si de repente Dios se asoma.
Cuando la sombra se hace
la fe se vuelve una proeza
de alas que huyen de la boca,
ese gran pájaro que cruza el pecho
y te deja abandonado al pie de la cornisa.
¿De quién, el ojo moribundo con que inquieres
un límite herrumbroso en la puerta de salida?
¿Y dónde, dónde se retorna al día, 
si hoy no hubo amanecer y el calendario te encontró nublado?
Acunándose en los bordes de tu pena, 
algún sensible ángel se conduele
y llora.





Retorno 


Ahora se agita
mientras late infinita en las entrañas
y cosecha el olor de cada instante
allí donde es abismo,
desde la cicatriz salvaje de la herida.
No sabía que el temblor sobre las huellas derramaba
la sangre del futuro,
lo que llega sin querer al ras de la corriente
por no escarbar al río, bajo el río,
bebiendo el barro ancestral de nuestra vida.

Divina bestia
amordazada,
prisionera en los caparazones de los caracoles,
con tu instinto
envuelto en baba,
baba de hiel
y mortífera salina.

Pero ahora se agita:
hablo
del aullido que crece y su carrera,
del trueno en que revienta esta tormenta
o de la eclosión en punta de mi flor,
antes de que el sueño
me entierre en su espesura.


II


Madre ¿en dónde estoy?
el bramido de un tambor martilla la maldita
aureola con espinas sirviendo mi cabeza
en la mesa de un banquete banal,
civilizado,
con su lengua que amortaja en narcótica
obediencia.

Madre ¿adónde voy?
adivino tus pasos extendiendo un hilo antiguo
para hacerme un camino entre la niebla,
pero aún todo está oscuro y mis dedos no atestiguan
las orillas cristalinas de tu tela.


III


Renacer dejando al mundo atrás
o acaso al renacer,
volverse el mundo.
Aún en duermevela comienzo a descifrar
que la mayor verdad
habita en la semilla gestándose en la tierra
y me marcho a correr junto a los lobos.




Conjuración


Le tengo miedo a tu tristeza,
niña,
al horror de tus pies desnudos y pequeños
jugando a hacer sombras en mi almohada
y al cántaro roto que estrelló en guijarros
los gritos soeces del títere día.


Tras la puerta 
donde nos vigilaba aquella araña
se quedó esperando tu muñeca,
porque solo ella vio cuando te fuiste
a vivir en el fondo de un espejo
(los cuentos después huyeron de la casa
y aquí me quedé sola,
creciendo en tu lugar,
con la voz de los muertos para velar el duelo).


Ayer regresó tu letanía
y vino tras de mí
trepando las entrañas,
pero ¿qué puedo yo?
Yo, que no aprendí
aquel idioma puro y feliz de los conejos.
Si tuviera una llave de universos
le abriría la puerta a los planetas
que escondiste
sollozando
debajo de la cama.
Pregúntale a Alicia,
pregúntale a Alicia
en qué mágico borde 
por el desván del tiempo 
no me tragaría, al nombrarte,
un gran hueco
y tal vez entonces
podré liberarte
con una sonrisa que cave el espejo.




La hilandera de almas




Fue en la hora de Hécate,
cuando rendida a las alas de mis sombríos dones
abandoné mi cuerpo y partí por la ventana.
Me sentenció la noche llevándome a una tienda
umbría y solitaria,
al filo de un paraje hervido en mil coronas
de fríos crisantemos ¡Las flores de los muertos! 

Mentiría, por la paz de mis ancestros
mentiría si negara,
con cuánta prisa incierta de huir me hube tentada,
pero apreté los pasos al grito de la luna
que me miraba impávida y atravesé la entrada. 
Aquel modesto espacio, de tímida escasez
urdida en el colgajo de un eco abandonado
se despertó acechante,
y aún de haber podido, ligero habría corrido
con salto galopante.
La carreta de mis venas se inundó de adrenalina
cuando casi desmayada, de latido atropellada,
vi de pronto en un rincón, malgastada y mortecina,
a una figura dolorida. 
Qué digo la mujer, aquel viejo esperpento,
me pareció una costurera vomitada por el viento
del infierno, 
con sus labios en rictus tembloroso
apenas dibujado sobre el rostro macilento.
Aunque entonces yo era vaho me quedé paralizada
y rogándole a los cielos, les pedí que por mi vida
¡por favor, no me mirara!…
mas la burla del destino rompió cruel mi pedimento
y como si fuera nada, se levantó su mirada
hacia mí sin aspaviento.

¡Pero, Ay! ¡Ay, qué ventanas 
para ver con tristeza y gran encanto
se cargaba el mal espanto!
Dulcemente nos velamos con la lumbre de los ojos,
comprendiendo al solo vernos
que éramos luces sensibles perdidas en los abrojos.
Y fui a dar hasta su falda para hacerle compañía,
mientras el pobre espantajo, con sus manos de esqueleto,
solo cosía y cosía.

Hilandera repliqué—. Hilandera
¿por qué zurces entre dejos y oscurana,
escondida entre la espuma con tu lámpara de bruma
que no alumbra casi nada?

Y respondió la hilandera:
Para atrapar los recuerdos arrancados al lamento
de las pieles de las almas.

Hilandera… hilandera ¿por qué bordas 
con los hilos de las lágrimas,
que son cantos lastimeros descosiendo los luceros
en los cielos de las ánimas? 

Y susurrando me dijo:
Porque estoy labrando mantos desmembrados desde el llanto
de llamados que no callan.

Tampoco entiendo hilandera
¿para qué tejer con huesos de cuevas y tumbas rancias, 
que son una negra estela para armar con triste tela 
seres de lúgubre estancia?

Porque trenzo los encuentros de los que escapando al tiempo
aún se buscan y se extrañan.


¡Ah, las respuestas de aquella cosedora
se marcaron en mi mente cual puntada soñadora!
Era una Ariadna marchita deshilando el laberinto,
para juntar las pasiones que venciendo al inframundo
se buscaban por instinto.
Mas vi que hilando a los otros
mientras hacía su oficio, deliraba en sus angustias
recuperar de la muerte a su adorado Dioniso.

Sentí una profunda pena por tan oscura faena
donde inventaba el alivio,
pues se iba secando triste sin hallar al gran amor 
que era la luz de su cirio.
Despuntada al rato el alba, 
me llamo de nuevo el cuerpo
para retornar al vuelo; 
pero antes de retirarme
quise ver si había un destino 
para mi propio sendero…

Hilandera… ¿hay para mí alguna hebra en tu canasta?

Y sonrió la hilandera.
Sonrió con la esperanza de un demonio redimido
y partí con la confianza de una rosa del Sahara
sobre mi paso perdido.





Se prohíbe la reproducción parcial o total de este material sin la autorización expresa de la autora.


Muestra de obra narrativa en literatura juvenil (autoría propia).

Runa
La aventura de ser libre
I

Abrió los ojos y miró a su alrededor. En su vida nunca había visto algo tan maravilloso: la enorme pradera se extendía hacia los cuatro costados del horizonte, llena de flores y de arbustos, todos hermosos y frescos.

 Empezó por probar el rosal que estaba a sus pies, masticándolo lentamente para disfrutar a fondo su sabor.

—¡Ah! ¡Si la vida supiera a rosas! —pensó, y echó a correr de un lado a otro, dando bocados aquí y allá, arrancando cuanta cosa verde se le atravesara en el camino. Aunque comiera sin descanso todo el día, durante cada día de un siglo completo, no le alcanzaría el tiempo para saborear tantas delicias.

Todo sucedía en cámara rápida, se movía con la velocidad de un rayo de luz y ni siquiera esperaba a tragar antes de tomar un nuevo tallo. De pronto, el pasto también comenzó a crecer velozmente, junto con el resto de las flores que acababa de almorzarse sin la más mínima compasión y un ronquido aterrador se escuchó en el aire. El rosal, que ahora medía de más de tres metros de altura, lanzó una carcajada diabólica desenterrando sus raíces del suelo y echó a andar hacia él con la espantosa gracia de un zombi.

Trató de retroceder muy asustado, pero las gigantescas hojas del forraje se enredaron alrededor de sus patas impidiendo que huyera, mientras el rosal lo sacudía bruscamente y le pinchaba el hocico con sus espinas.

—¡Noooooo! ¡Por favor no me comas! —gritó al ver que una rosa abría su enorme boca hacia él y lo infectaba con un aliento putrefacto, como si en lugar de hacer fotosíntesis se alimentara de carroña, roncando fortísimo en sus orejas. Runa cerró los ojos y se preparó para recibir la mordida fatal. Luego… solo el silencio. Un minuto… o dos… O quizá mil años. La angustia siempre tiene el poder de alargar infinitamente el tiempo.

La curiosidad que le despertó la repentina quietud pudo más que el miedo y entreabrió un poquito el ojo izquierdo, apenas lo suficiente para averiguar si el rosal psicópata todavía seguía allí.

—Muchacho... ¡Qué un rayo me vuelva tocino si en mi cochina vida me he comido a alguien! —le dijo el señor Renato observándolo con gravedad, y le soltó la cabeza dejándolo caer de nuevo sobre el fango.

— ¿Eh?… es que había unas rosas que… —le contestó Runa al inmenso cerdo, rascándose la nuca en total estado de confusión—. Disculpe. No sé qué me pasó.

—Pasó que para ser una oveja… ¡estás más loco que una cabra! —respondió la señora Petunia.

—Ya le he dicho que no soy una oveja señora Petunia. ¡Soy un borrego! ¡Un bo-rre-go! ¡Las ovejas son hembras! —le replicó Runa, con fastidio.

—Cálmate amigo. Te pido perdón por la falta de consideración de mis hijos. Se pusieron a molestarte con... ya sabes, lo del corte de lana de mañana... ¡Ojooooiiik... ojoooiiik! —carraspeó incómodo el señor Renato, mientras miraba enfadado a los cerditos, que murmuraban y se burlaban con risillas impertinentes señalando al borrego—. Te pusiste nervioso y te desmayaste. Eso es todo.

—Es cierto… el corte de lana... ¡Tengo que apurarme! —murmuró casi para sí mismo, saliendo con prisa del charco y sacudiéndose un poco el barro pegado en el cuerpo. Al pasar por el lado de los cerditos les gritó con rabia—: ¡Y ustedes ríanse mientras puedan! Pero recuerden que…

—Que recordemos ¿qué? —lo interrumpió el mayor de los cerditos, con un tono provocador, levantando su odiosa y respingada nariz en gesto de reto.

Runa miró por un momento al señor Renato y a la señora Petunia, que esperaban su respuesta con mucha tensión. Sintió lástima por ellos y se limitó a responder:

—Nada. Que solo los tontos se ríen de las desgracias ajenas.

Los cerdos tenían una fama bien ganada de ser alborotadores y demasiado arrogantes, a pesar de vivir en una porqueriza. Así que cada vez que alguien se involucraba en una pelea con ellos, la discusión terminaba con la vengativa frase: «¡A cada cochino le llega su sábado!», lo cual quería decir que ya les tocaría el momento de lamentarse. Era un dicho muy cruel, porque en realidad ese famoso «sábado» ocurría una vez al año, cuando los hombres venían para llevarse a los cerdos más jóvenes en un camión, que se alejaba lleno de chillidos y de gritos pidiendo ayuda. Entonces los adultos se quedaban desconsolados e impotentes, sabiendo que ya más nunca verían a sus hijos. De solo oír la malintencionada frase, la señora Petunia se ponía a llorar y el señor Renato se hundía en la tristeza durante varios días.

Al escuchar la respuesta de Runa, los padres de los chocantes cerditos suspiraron con alivio y el señor Renato le dirigió al borrego un guiño de agradecimiento.

—Eres un buen chico. Lamento mucho el día tan horrible que te espera mañana —le dijo, demostrando la gran humildad que a él le sobraba, si bien era cierto que no abundaba en el resto de su familia.

—Gracias. Pero ya veremos… El mañana no empieza hasta que el hoy se termina... ¡y el hoy de hoy todavía no se ha acabado! —respondió Runa, devolviéndole el guiño y se marchó corriendo hacia su corral.


—¡Te digo que está loco! —insistió otra vez la señora Petunia, que no era muy buena para entender los juegos de palabras. Pero su marido se dio media vuelta, ignorándola a propósito, y regresó a revolcarse en el barro.



Novela juvenil inédita. Fragmento.







Se prohíbe la reproducción parcial o total de este material sin la autorización expresa de la autora.

Listado detallado de obras editoriales en las cuales colaboré como correctora de gramática, ortotipografía y estilo:


Editorial Médica Panamericana S. A.


Campbell / Walsh. Urología

Alan Wein - Louis Kavoussi - Andrew Novick - Alan Partin - Graig Peters

En proceso de nueva edición.


Biología Celular y Molecular

Harvey Lodish - Arnold Berk - Paul Matsudaira - Chris A. Kaiser - Monty Krieger - Matthew P. Scott - Lawrence Zipursky - James Darnell

En proceso de nueva edición.

Neurociencia

Dale Purves

En proceso de nueva edición.


Editorial AMOLCA, Actualidades Médico-Odontológicas de Latinoamérica


Ortognatodoncia

Erik Martínez Ross

Ana Z. Rivas (Adaptador)

Edición: 2008
ISBN: 978-958-8328-73-7 


Imagenología de la Columna Vertebral
Serie Expertos en Radiología

Thomas P. Naidich - Mauricio García - Soonmee Cha

Edición: 2013
ISBN: 978-958-8760-43-8


Injertos Óseos en las Reconstrucciones Pre y Periimplantares

Danilo Alessio Di Stefano - Aurelio Cazzaniga

Edición: 2013
ISBN: 978-958-8760-06-3


Implantes Dentales 
Arte y Ciencia

Segunda Edición

Charles A. Babbush - Jack A. Hahn - Jack T. Krauser - Joel L. Rosenlicht

Edición: 2012
ISBN: 978-958-755-036-8


Casos Clínicos en Prostodoncia

Leila Jahangiri - Marjan Moghadam - Mijin Choi - Michael Ferguson

Edición: 2012
ISBN: 978-958-755-059-7


Procedimientos Estéticos Mínimamente Invasivos
Conducta Basada en la Experiencia Clínica y la Visión Estética Actual

Charles Yamaguchi

Edición: 2012
ISBN: 978-958-755-038-2


Fundamentos de Radiología Dental

Cuarta Edición

Vimal K. Sikri

Edición: 2012
ISBN: 978-958-8760-03-2


Urodinámica Fácil

Tercera Edición

Christopher R. Chapple - Scott A. MacDiarmid

Edición: 2012
ISBN: 978-958-755-064-1


Ortopedia y Traumatología para Graduados

Tarcísio E. Pessoa de Barros Filho - Olavo Pires de Camargo

Edición: 2011
ISBN: 978-958-755-031-3


Atlas de Ultrasonido en Obstetricia y Ginecología

Segunda Edición

Peter M. Doubilet - Carol B. Benson

Edición: 2013
ISBN: 978-958-8760-14-8


Cirugía Cosmética Facial

Joe Niamtu, III

Edición: 2012
ISBN: 978-958-755-085-6


Ecocardiografía Fetal

Segunda edición

Julia A. Drose

Edición: 2011
ISBN: 978-958-755-024-5


Cirugía Mininvasiva del Tórax y el Abdomen
Laparoscopia, Cirugía Bariátrica, Cirugía Urológica, Cirugía Endocrina, Cirugía Torácica

Nicola Basso - Francesco Basile 

Edición: 2010
ISBN: 978-958-8473-55-0


Distracción Osteogénica del Esqueleto Facial

William H. Bell - César A. Guerrero

Edición: 2009
ISBN: 978-958-8328-67-6


Técnicas de Cirugía de las Cataratas

Mahipal S. Sachdev

Edición: 2008
ISBN: 978-958-8328-57-7


Donald School 
Ultrasonido en Ginecología y Obstetricia

Badreldeen Ahmed - Abdallah Adra - Zehra Nese Kavak

Edición: 2010
ISBN: 978-958-8473-39-0


Manejo Dental de los Trastornos del Sueño

Ronald Attanasio - Dennis R. Bailey

Edición: 2011
ISBN: 978-958-755-013-9



Cáncer de Próstata
Guía Práctica

May Abdel-Wahab

Edición: AMOLCA, 2010
ISBN: 978-958-8473-68-0



Tips y Perlas Artroscópicas del Hombro
Paso a Paso

Tal S. David - James R. Andrews

Edición: 2012
ISBN: 978-958-755-028-3




Portafolio Editorial - Ana Rivas