Muestra de obra narrativa en literatura juvenil (autoría propia).

Runa
La aventura de ser libre
I

Abrió los ojos y miró a su alrededor. En su vida nunca había visto algo tan maravilloso: la enorme pradera se extendía hacia los cuatro costados del horizonte, llena de flores y de arbustos, todos hermosos y frescos.

 Empezó por probar el rosal que estaba a sus pies, masticándolo lentamente para disfrutar a fondo su sabor.

—¡Ah! ¡Si la vida supiera a rosas! —pensó, y echó a correr de un lado a otro, dando bocados aquí y allá, arrancando cuanta cosa verde se le atravesara en el camino. Aunque comiera sin descanso todo el día, durante cada día de un siglo completo, no le alcanzaría el tiempo para saborear tantas delicias.

Todo sucedía en cámara rápida, se movía con la velocidad de un rayo de luz y ni siquiera esperaba a tragar antes de tomar un nuevo tallo. De pronto, el pasto también comenzó a crecer velozmente, junto con el resto de las flores que acababa de almorzarse sin la más mínima compasión y un ronquido aterrador se escuchó en el aire. El rosal, que ahora medía de más de tres metros de altura, lanzó una carcajada diabólica desenterrando sus raíces del suelo y echó a andar hacia él con la espantosa gracia de un zombi.

Trató de retroceder muy asustado, pero las gigantescas hojas del forraje se enredaron alrededor de sus patas impidiendo que huyera, mientras el rosal lo sacudía bruscamente y le pinchaba el hocico con sus espinas.

—¡Noooooo! ¡Por favor no me comas! —gritó al ver que una rosa abría su enorme boca hacia él y lo infectaba con un aliento putrefacto, como si en lugar de hacer fotosíntesis se alimentara de carroña, roncando fortísimo en sus orejas. Runa cerró los ojos y se preparó para recibir la mordida fatal. Luego… solo el silencio. Un minuto… o dos… O quizá mil años. La angustia siempre tiene el poder de alargar infinitamente el tiempo.

La curiosidad que le despertó la repentina quietud pudo más que el miedo y entreabrió un poquito el ojo izquierdo, apenas lo suficiente para averiguar si el rosal psicópata todavía seguía allí.

—Muchacho... ¡Qué un rayo me vuelva tocino si en mi cochina vida me he comido a alguien! —le dijo el señor Renato observándolo con gravedad, y le soltó la cabeza dejándolo caer de nuevo sobre el fango.

— ¿Eh?… es que había unas rosas que… —le contestó Runa al inmenso cerdo, rascándose la nuca en total estado de confusión—. Disculpe. No sé qué me pasó.

—Pasó que para ser una oveja… ¡estás más loco que una cabra! —respondió la señora Petunia.

—Ya le he dicho que no soy una oveja señora Petunia. ¡Soy un borrego! ¡Un bo-rre-go! ¡Las ovejas son hembras! —le replicó Runa, con fastidio.

—Cálmate amigo. Te pido perdón por la falta de consideración de mis hijos. Se pusieron a molestarte con... ya sabes, lo del corte de lana de mañana... ¡Ojooooiiik... ojoooiiik! —carraspeó incómodo el señor Renato, mientras miraba enfadado a los cerditos, que murmuraban y se burlaban con risillas impertinentes señalando al borrego—. Te pusiste nervioso y te desmayaste. Eso es todo.

—Es cierto… el corte de lana... ¡Tengo que apurarme! —murmuró casi para sí mismo, saliendo con prisa del charco y sacudiéndose un poco el barro pegado en el cuerpo. Al pasar por el lado de los cerditos les gritó con rabia—: ¡Y ustedes ríanse mientras puedan! Pero recuerden que…

—Que recordemos ¿qué? —lo interrumpió el mayor de los cerditos, con un tono provocador, levantando su odiosa y respingada nariz en gesto de reto.

Runa miró por un momento al señor Renato y a la señora Petunia, que esperaban su respuesta con mucha tensión. Sintió lástima por ellos y se limitó a responder:

—Nada. Que solo los tontos se ríen de las desgracias ajenas.

Los cerdos tenían una fama bien ganada de ser alborotadores y demasiado arrogantes, a pesar de vivir en una porqueriza. Así que cada vez que alguien se involucraba en una pelea con ellos, la discusión terminaba con la vengativa frase: «¡A cada cochino le llega su sábado!», lo cual quería decir que ya les tocaría el momento de lamentarse. Era un dicho muy cruel, porque en realidad ese famoso «sábado» ocurría una vez al año, cuando los hombres venían para llevarse a los cerdos más jóvenes en un camión, que se alejaba lleno de chillidos y de gritos pidiendo ayuda. Entonces los adultos se quedaban desconsolados e impotentes, sabiendo que ya más nunca verían a sus hijos. De solo oír la malintencionada frase, la señora Petunia se ponía a llorar y el señor Renato se hundía en la tristeza durante varios días.

Al escuchar la respuesta de Runa, los padres de los chocantes cerditos suspiraron con alivio y el señor Renato le dirigió al borrego un guiño de agradecimiento.

—Eres un buen chico. Lamento mucho el día tan horrible que te espera mañana —le dijo, demostrando la gran humildad que a él le sobraba, si bien era cierto que no abundaba en el resto de su familia.

—Gracias. Pero ya veremos… El mañana no empieza hasta que el hoy se termina... ¡y el hoy de hoy todavía no se ha acabado! —respondió Runa, devolviéndole el guiño y se marchó corriendo hacia su corral.


—¡Te digo que está loco! —insistió otra vez la señora Petunia, que no era muy buena para entender los juegos de palabras. Pero su marido se dio media vuelta, ignorándola a propósito, y regresó a revolcarse en el barro.



Novela juvenil inédita. Fragmento.







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