Muestra de obra poética (autoría propia).



Versos errantes


I


Nace la noche y en la angosta soledad
una luna me crece dentro del pecho.
El observatorio del lecho pronostica
que hoy habrá eclipse de alma.

II


He rodado de ti cielo
tantas veces,
que me urge el secreto 
de flotar como la estrella.

III


Solo el silencio.
Sé que a lo lejos,
sin embargo,
algún arbusto flora.

IV


No es la esperanza, sino el asombro
lo que me demora.
Zarpo a la vida cada día 
con una nueva mirada.




Desahucio


Lo que se toma, lo que se deja
un horizonte que era el eje de la Tierra
en su vértigo iniciaba la sonrisa
y ahora,
al tiempo del destiempo,
viento mudo que borra las huellas de la aurora.
La noche es un cristal quebrado
ajando el pie desnudo del camino,
con el libro impreciso en donde ahoga
el polvo del destino
y los sueños trajinados de los hombres,
y sus ruegos abriendo la ventana
a ver si de repente Dios se asoma.
Cuando la sombra se hace
la fe se vuelve una proeza
de alas que huyen de la boca,
ese gran pájaro que cruza el pecho
y te deja abandonado al pie de la cornisa.
¿De quién, el ojo moribundo con que inquieres
un límite herrumbroso en la puerta de salida?
¿Y dónde, dónde se retorna al día, 
si hoy no hubo amanecer y el calendario te encontró nublado?
Acunándose en los bordes de tu pena, 
algún sensible ángel se conduele
y llora.





Retorno 


Ahora se agita
mientras late infinita en las entrañas
y cosecha el olor de cada instante
allí donde es abismo,
desde la cicatriz salvaje de la herida.
No sabía que el temblor sobre las huellas derramaba
la sangre del futuro,
lo que llega sin querer al ras de la corriente
por no escarbar al río, bajo el río,
bebiendo el barro ancestral de nuestra vida.

Divina bestia
amordazada,
prisionera en los caparazones de los caracoles,
con tu instinto
envuelto en baba,
baba de hiel
y mortífera salina.

Pero ahora se agita:
hablo
del aullido que crece y su carrera,
del trueno en que revienta esta tormenta
o de la eclosión en punta de mi flor,
antes de que el sueño
me entierre en su espesura.


II


Madre ¿en dónde estoy?
el bramido de un tambor martilla la maldita
aureola con espinas sirviendo mi cabeza
en la mesa de un banquete banal,
civilizado,
con su lengua que amortaja en narcótica
obediencia.

Madre ¿adónde voy?
adivino tus pasos extendiendo un hilo antiguo
para hacerme un camino entre la niebla,
pero aún todo está oscuro y mis dedos no atestiguan
las orillas cristalinas de tu tela.


III


Renacer dejando al mundo atrás
o acaso al renacer,
volverse el mundo.
Aún en duermevela comienzo a descifrar
que la mayor verdad
habita en la semilla gestándose en la tierra
y me marcho a correr junto a los lobos.




Conjuración


Le tengo miedo a tu tristeza,
niña,
al horror de tus pies desnudos y pequeños
jugando a hacer sombras en mi almohada
y al cántaro roto que estrelló en guijarros
los gritos soeces del títere día.


Tras la puerta 
donde nos vigilaba aquella araña
se quedó esperando tu muñeca,
porque solo ella vio cuando te fuiste
a vivir en el fondo de un espejo
(los cuentos después huyeron de la casa
y aquí me quedé sola,
creciendo en tu lugar,
con la voz de los muertos para velar el duelo).


Ayer regresó tu letanía
y vino tras de mí
trepando las entrañas,
pero ¿qué puedo yo?
Yo, que no aprendí
aquel idioma puro y feliz de los conejos.
Si tuviera una llave de universos
le abriría la puerta a los planetas
que escondiste
sollozando
debajo de la cama.
Pregúntale a Alicia,
pregúntale a Alicia
en qué mágico borde 
por el desván del tiempo 
no me tragaría, al nombrarte,
un gran hueco
y tal vez entonces
podré liberarte
con una sonrisa que cave el espejo.




La hilandera de almas




Fue en la hora de Hécate,
cuando rendida a las alas de mis sombríos dones
abandoné mi cuerpo y partí por la ventana.
Me sentenció la noche llevándome a una tienda
umbría y solitaria,
al filo de un paraje hervido en mil coronas
de fríos crisantemos ¡Las flores de los muertos! 

Mentiría, por la paz de mis ancestros
mentiría si negara,
con cuánta prisa incierta de huir me hube tentada,
pero apreté los pasos al grito de la luna
que me miraba impávida y atravesé la entrada. 
Aquel modesto espacio, de tímida escasez
urdida en el colgajo de un eco abandonado
se despertó acechante,
y aún de haber podido, ligero habría corrido
con salto galopante.
La carreta de mis venas se inundó de adrenalina
cuando casi desmayada, de latido atropellada,
vi de pronto en un rincón, malgastada y mortecina,
a una figura dolorida. 
Qué digo la mujer, aquel viejo esperpento,
me pareció una costurera vomitada por el viento
del infierno, 
con sus labios en rictus tembloroso
apenas dibujado sobre el rostro macilento.
Aunque entonces yo era vaho me quedé paralizada
y rogándole a los cielos, les pedí que por mi vida
¡por favor, no me mirara!…
mas la burla del destino rompió cruel mi pedimento
y como si fuera nada, se levantó su mirada
hacia mí sin aspaviento.

¡Pero, Ay! ¡Ay, qué ventanas 
para ver con tristeza y gran encanto
se cargaba el mal espanto!
Dulcemente nos velamos con la lumbre de los ojos,
comprendiendo al solo vernos
que éramos luces sensibles perdidas en los abrojos.
Y fui a dar hasta su falda para hacerle compañía,
mientras el pobre espantajo, con sus manos de esqueleto,
solo cosía y cosía.

Hilandera repliqué—. Hilandera
¿por qué zurces entre dejos y oscurana,
escondida entre la espuma con tu lámpara de bruma
que no alumbra casi nada?

Y respondió la hilandera:
Para atrapar los recuerdos arrancados al lamento
de las pieles de las almas.

Hilandera… hilandera ¿por qué bordas 
con los hilos de las lágrimas,
que son cantos lastimeros descosiendo los luceros
en los cielos de las ánimas? 

Y susurrando me dijo:
Porque estoy labrando mantos desmembrados desde el llanto
de llamados que no callan.

Tampoco entiendo hilandera
¿para qué tejer con huesos de cuevas y tumbas rancias, 
que son una negra estela para armar con triste tela 
seres de lúgubre estancia?

Porque trenzo los encuentros de los que escapando al tiempo
aún se buscan y se extrañan.


¡Ah, las respuestas de aquella cosedora
se marcaron en mi mente cual puntada soñadora!
Era una Ariadna marchita deshilando el laberinto,
para juntar las pasiones que venciendo al inframundo
se buscaban por instinto.
Mas vi que hilando a los otros
mientras hacía su oficio, deliraba en sus angustias
recuperar de la muerte a su adorado Dioniso.

Sentí una profunda pena por tan oscura faena
donde inventaba el alivio,
pues se iba secando triste sin hallar al gran amor 
que era la luz de su cirio.
Despuntada al rato el alba, 
me llamo de nuevo el cuerpo
para retornar al vuelo; 
pero antes de retirarme
quise ver si había un destino 
para mi propio sendero…

Hilandera… ¿hay para mí alguna hebra en tu canasta?

Y sonrió la hilandera.
Sonrió con la esperanza de un demonio redimido
y partí con la confianza de una rosa del Sahara
sobre mi paso perdido.





Se prohíbe la reproducción parcial o total de este material sin la autorización expresa de la autora.

Categories: